viernes, 8 de diciembre de 2017

Los vestidores de muertos.

 
María murió en su casa como había deseado, yo, que era su médico me había comprometido a cuidarla más allá de el horario laboral en los últimos momentos de su vida, haciendo que su muerte fuera más llevadera, lo que llaman la sedación paliativa.
Los últimos días de la vida de una persona siempre son complicados, a veces más para los familiares, también para el médico cuando se compromete a estar a su lado los últimos días y noches. Yo me retiraba a mi casa una vez que comprobaba el estado de María y me aseguraba de que la dosis de medicación era la correcta para que no sufriera dolor, angustia o dificultad respiratoria. Esta medicación a veces la ponía un familiar y otras veces el enfermero o yo, dependiendo de la hora del día o de la noche, en la vía subcutánea que le habíamos dejado insertada para ello.
En el último día cuando la vida se le escapaba, su conciencia había casi desaparecido, su respiración se hacía más ruidosa, la casa se había llenado de familiares, mis visitas se habían hecho más frecuentes y ya en el pueblo todos sabían que María se estaba muriendo. El cura había sido requerido para ungirla con aceite bendito para darle la extremaunción, yo dí un paso atrás, los cuidadores del cuerpo debemos en ese momento dejar espacio a los cuidadores del alma.
Fui a comer y descansar un poco, pero pronto sonó mi teléfono y alguien me comunicó que parecía que ya había muerto. Cuando llegué para hacer lo que se me requería, que era comprobar y certificar lo evidente, ya estaba ella allí "la vestidora de muertos". Una vez terminé, ella con total naturalidad fijó con un pañuelo la mandíbula al resto de la cabeza para que la boca no permaneciera abierta, no sin antes comprobar que no hubiese nada dentro, comprobó además otros orificios con sus manos limpias, sin guantes y fue retirando la ropa, incluida la interior con ayuda de los familiares más voluntariosos, vistiéndola después con ropa limpia de domingo, con extremo y delicado cuidado para no luxar o fracturar ningún hueso, su labor termina cuando cruza las manos de la difunta por encima de su abdomen, escondiendo entre ellas la medalla o estampa de algún santo.
La vestidora de muertos en los pueblos suele ser una persona respetada, de sexo femenino, discreta y considerada como persona buena y suele tener buena relación con la mayoría de los vecinos del pueblo.
Se corrió la voz y el sacristán fue informado, porque ya sonaban las campanas de la iglesia a muerto, en este caso con tonos de sexo femenino.
Cuando llegaron los de la funeraria, me buscaron y firmé oficialmente su defunción, metieron a María en el ataúd y comenzaron a desmontar y sacar la cama de la habitación y a meter las sillas que una hermandad presta para estos menesteres donde se sientan los que acompañan al difunto, dentro al lado de la finada los  más allegados y las mujeres, los hombres en las habitaciones públicas de la casa y en la calle.
Al día siguiente vuelve a tañer la campana ha muerto, el pueblo espera a María en la iglesia para decirle su último adiós y dar el pésame a sus familiares.

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